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La experiencia de un niño robado

19/08/2016

Lecturas (muy breves) para este verano. Tercera entrega

Cuando tenía cinco años de edad, en la escuela, algunos niños me decían: “tu madre no es tu madre”. Así que mis primeros recuerdos son de cuando yo estaba en el patio, solo y aislado de los demás niños, sintiéndome inferior a los demás. A veces también me sentía observado por algunas madres que buscaban a sus hijos a la salida del cole: ellas hacían comentarios sobre mí. Cada noche me acostaba con una pregunta sin respuesta: “¿por qué?”.

No entendía por qué mis padres no eran mis padres. Era como estar en un laberinto sin salida. Sin embargo, no me atrevía a hacerles esta pregunta. Por mi corta edad, tampoco tenía forma de averiguarlo. La única sincera en mi familia fue mi abuela materna. Ella solía contarme una historia que, sólo ahora, entiendo por qué lo hacía. Me estaba preparando para el futuro. El cuento decía lo siguiente: “Érase una vez un matrimonio que estaba con su niño pequeñito comprando. Entonces llegó un señor muy malo, muy malo, que les quitó el niño y se fue corriendo. ¡Oh! Este pobre matrimonio lloró por su niño, y siempre estuvo buscando a su niño, con muchas ganas de volverlo a ver.

Pero el señor malo conoció a otro matrimonio que no podía tener niños porque estaban malitos, aunque tenían muchas ganas de tener un hijo. Entonces el hombre malo les vendió al niño que había robado. Mientras que el otro matrimonio, a quienes les había robado el niño, acudían siempre a la playa en su búsqueda. El chico tenía un lunar en la espalda, así que miraban con atención en la espalda de todos los niños en la playa. Así pasaron muchos años, hasta que un día vieron a un niño grande con el mismo lunar en la espalda…” Entonces yo le preguntaba a mi abuela: “¡Yaya, yaya! ¿Era su hijo?”. Y el cuento terminaba así: “Sí, cariño, era su hijo. Desde ese día el niño tuvo dos papás y dos mamás”.

Una parte del cuento se hizo realidad a la edad de 38 años. Recibí una llamada de Juan Luis Moreno, un amigo de la infancia cuyos padres eran amigos de los míos, que me dijo: “¡Antonio, mi padre se está muriendo y me ha confesado que a ti y a mí nos compraron a una monja en Zaragoza!”. Al hacer las averiguaciones en el hospital Miguel Servet de la capital aragonesa, donde supuestamente había nacido, me contestaron que no tenían constancia de mi nacimiento, ni de que mi madre hubiera ingresado allí. A Juan Luis le pasó lo mismo. Con pruebas de ADN que confirmaban la inexistencia del vínculo sanguíneo con las personas que figuraban como progenitores en mi partida de nacimiento falsa, así como el testimonio de familiares que afirmaban que nunca habían visto embarazada a mi supuesta madre, acudí a los tribunales, que, uno a uno, fueron desestimando mi causa.

Así que cuando conocí a Francisco Cárdenas y su lucha por recuperar a su hija, lo primero que pensé es que posiblemente ella un día vivirá algo muy parecido a lo que experimenté hace más de 30 años. Yo, como niño robado; la hija de Cárdenas, como víctima de los fallos del  sistema de protección de menores. Sin ser nuestros casos exactamente iguales, compartimos ciertas similitudes, que deberían causar una seria reflexión sobre el tratamiento de los menores en España. La primera y más importante: la separación ocurrió sin la intervención judicial. Esto es bastante obvio en mi caso, cuando se dio en circunstancias ilegales, aún no investigadas por la justicia. En el caso de Cárdenas, ocurrió en completa ausencia de un proceso judicial, como sí ocurre en otros países cuando se trata de un hecho tan dramático como es la división de una familia. Aunque han pasado casi cuarenta años, los tribunales persisten en su indiferencia a indagar ciertos temas. La segunda similitud tiene que ver con la dimensión social de nuestras problemáticas.

En ambos casos hay cientos de personas repartidas por toda España que reclaman justicia. Y la tercera semejanza tiene que ver en cómo un drama personal terminó convirtiéndose en una causa colectiva gracias al importante trabajo de difusión de los medios de comunicación. Desde que Francisco y yo decidimos acudir a la prensa, ante la pobre actuación de los tribunales, muchas personas nos contactaron de forma espontánea. Yo creé, en febrero del 2010, la Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares (Anadir). Actualmente tenemos 2.023 asociados, entre personas adoptadas irregularmente y madres que aseguran que les robaron sus bebés al darlos a luz.

Cárdenas ha hecho lo suyo con la Asociación para la Defensa del Menor (Aprodeme). A través del fenómeno asociativo, tan íntimamente relacionado con las sociedades democráticas avanzadas,  pretendemos dar cobertura y apoyo a todos los afectados, tanto de Anadir como de Aprodeme. Nuestro objetivo compartido es denunciar ante la opinión pública los hechos y a sus responsables. Quisiera también agradecer de todo corazón el apoyo que nos están dando los medios de comunicación y el esfuerzo de todas aquellas personas implicadas en nuestra lucha por la verdad. A todos los amigos que nos ayudan desde el anonimato, y, sobre todo, a ti, Noelia, por ser lo mejor que me ha pasado, por entenderme, por quererme y porque eres muy especial.

Antonio Barroso Berrocal, Presidente de Anadir

Desentrañar las fisuras del sistema

12/08/2016

Lecturas (muy breves) para este verano. Segunda entrega

Conocí a Francisco Cárdenas en el otoño de 2010, durante la presentación del libro Molly. Historia sobre los centros de menores en Cataluña, que escribí junto al periodista Jesús Martínez. Resultó sorprendente que, al mismo tiempo y sin conocer su historia, ambos hiciéramos las mismas indagaciones para desentrañar las fisuras del sistema de protección de menores.

Él desde su propia tragedia personal; nosotros desde el oficio periodístico. Ambos motivados por la sospecha, luego confirmada, de que la Administración puede cometer errores. Nos impulsaba la necesidad de contar una historia, que era también la de muchas personas. Pero no pudimos conocernos antes de la presentación del libro, y me sentí desgraciado por esto. Cárdenas pudo haber sido una de las 30 fuentes consultadas para el desarrollo de Molly, quizás la más útil e informada, tanto, que ahora su propia historia toma cuerpo en este libro. Cuando muchas personas tratan de ocultar una infor– mación es un indicio de que se trata de un tema relevante para la sociedad.

Es lo que ha ocurrido con Molly y con el libro de Cárdenas. Lo han intentado funcionarios, políticos y hasta responsables de algunos medios de comunicación. Afortunadamente, España ya no es una dictadura, pero todavía sufre de resaca autoritaria. Cuando se niega el acceso a documentos públicos, cuando los responsables políticos dan explicaciones ambiguas, cuando se toman decisiones  irreparables en la vida de una familia sin la intervención de un juez, estamos ante vicios que un país democrático debería enmendar. Cárdenas, que no es periodista pero que lo parece, se ha enfrentado a todo esto con el único recurso del amor a su hija. Y con esto ha conseguido que la sociedad se interese por su lucha, desde su intervención en el parlamento catalán, en las concentraciones con decenas de padres como él, hasta las reuniones a puerta cerrada con altos cargos que han concluido con la indiferencia, la condena o una disculpa.

Sin embargo, Cárdenas no sólo se ha encontrado con gente que desea silenciarlo. También ha conocido mucha gente que reclama que se conozca su caso, que han hecho suya su demanda, como son las 500 personas que pertenecen a la asociación que él ayudó a crear. A estas hay que sumar todos los menores que, en ocasiones, tienen una opinión diferente a la de los funcionarios del sistema de protección de menores; los abogados que les representan porque entienden que enfrentarse a la Administración no es fácil pero a veces vale la pena; la familia extensa de estos niños que ha sido ignorada como alternativa para la tutela; los psicólogos y los trabajadores sociales que han visto de cerca las fisuras del sistema que algunos insisten en tapar con inútiles parches; el Defensor del Pueblo y el Síndic de Greuges, que han señalado en sendos informes las graves deficiencias que aún esperan ser corregidas…

Para Cárdenas publicar este libro no ha sido fácil. Primero tuvo que luchar durante tres años en los tribunales para que esta obra tenga sentido, para que el relato madure, de manera que justifique su existencia. A diferencia de otros libros publicados por personas ajenas al oficio de la escritura, esta no es una obra producto de la vanidad ni la arrogancia. Si a Francisco Cárdenas no le hubieran separado de su hija, a lo mejor nunca habría tenido la necesidad de hacerlo. Por eso hay que leerlo como lo que es: un libro necesario para comprender lo que está funcionando mal en el sistema de protección de menores.

Gustavo Franco Cruz, Periodista

Ya no son los dioses los que dan y quitan la vida

05/08/2016

Lecturas (muy breves) para este verano.

Hasta hace bastante poco tiempo, una generación aproximadamente, eran los dioses quienes daban y quitaban los hijos a sus familias. Ahora, una tarea tan delicada y de tanta responsabilidad recae sobre los frágiles hombros de los profesionales de los servicios especializados (Adopciones, Servicios Sociales, Atención al Menor, Juzgados de Familia, Fiscalía del Menor, etc.). No parece que el cambio pueda favorecer mucho a los menores ni a sus padres.

Y no se trata de criticar a los profesionales, no. Acuciados por el paro rampante y la precariedad de la formación recibida, y espoleados por políticas oportunistas instaladas en la ignorancia, se ven abocados a las actuaciones más  peregrinas que, estoy seguro, más de una noche les impedirán conciliar el sueño. Las críticas, al menos desde espacios como éste, deben evitar el cuerpo a cuerpo con el personal de a pie y apuntar más alto, dirigiéndose a los responsables de esas políticas y del control de su aplicación; a los que, so pretexto de proteger a los niños, los condenan a la más feroz de las desprotecciones, arrancándolos de sus familias; a los que anima la total ausencia de autocrítica, blindando corporativamente a sus huestes frente a cualquier cuestionamiento, interno o externo.

Ellos son los culpables ante la Historia, me atrevo a afirmar arriesgándome a pecar de ampuloso, de las múltiples infamias perpetradas contra personas frágiles a las que deberían brindar apoyo y atención. Lo que hace singular a este libro no es el maltrato institucional padecido por su autor, hecho desgraciadamente frecuentísimo, sino que se trate de una familia bienestante y socialmente adaptada, y no sumida en la pobreza y la desestructuración. Ello transmite la inquietante impresión de que nadie está a salvo del ojo escrutador del “big brother” ni de sus largos tentáculos prensiles. Trascendería con mucho los razonables límites de un prólogo enumerar siquiera las características de la intervención institucionalmente maltratante. Daría para otro libro, que, por otra parte, me permito anunciar como de pronta aparición.

Baste con hacer referencia a algunas de ellas, presentes en las vibrantes páginas de Francisco Cárdenas. Indigna el carácter súbito y repentino con el que se perpetra la retirada de la niña, pero no sorprende a quienes estamos dolorosamente familiarizados con ese modo de proceder. Lo que resultaría comprensible si se tratara de evitar la fuga de un delincuente se convierte en un agravante más del hecho en sí: en la jerga psicológica se conoce como “acting out”, o tendencia a la actuación impulsiva e irreflexiva. ¿Qué costaría advertir, si en efecto es el caso, de que se han detectado factores de riesgo que convendría corregir? Es lo que se podría esperar de un trabajo tan delicado y donde los matices tienen tanta importancia.

Y, sin embargo, prima la política de la patada en la puerta, metafóricamente hablando…, y a veces, textualmente, también. Tampoco está prevista la rectificación. Con independencia de que en otros muchos casos no se intervenga aunque haya peligro real, una vez tomada la decisión parece que no se contemple la eventualidad del cambio. Es una rara contaminación de los contextos judiciales, donde la posibilidad de rehabilitación está supeditada al cumplimiento de una sentencia que también implica castigo ejemplarizador. Con el agravante de que en los tribunales cabe la apelación y nadie se escandaliza de que se ejerza ese derecho, mientras que, en los contextos de atención al menor, reclamar judicialmente suele ser interpretado como un acto de indisciplina que irrita a las instituciones y las predispone más aún contra quien lo hace. Y ni siquiera se considera que, en muchos casos, el arduo proceso de reclamación judicial supone para las familias que lo emprenden un cambio radical en el interés por sus hijos y en el ejercicio de las funciones parentales.

Asusta especialmente el halo de prepotencia en el que se suele envolver la intervención, magníficamente ilustrado por la expresión: “si tuvieras un hijo biológico, también te lo quitaríamos”. ¿Cabe mayor arrogancia? ¿De qué legitimidad pueden sentirse investidas personas capaces de pronunciar semejante frase? Pero, de nuevo aquí, nuestra dolorosa experiencia nos impide sorprendernos. Así son las cosas, y basta. Bueno, basta, no. Como dijo el poeta, “no podrán quitarnos el dolorido sentir”. Alzar nuestras voces, unidas en un desgarrado grito de protesta, es una prerrogativa que compartimos usuarios y profesionales. Quizá ejerciéndola, en un acto de responsabilidad que hoy se encarna en este libro, podamos contribuir a lograr un futuro menos abusivo.

Juan Luis Linares Profesor titular de Psiquiatría, Universitat Autònoma de Barcelona Director de la Unitat de Psicoteràpia y de la Escola de Teràpia Familiar del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau.

La protección de la infancia y la adolescencia empieza a estar presente en el debate político

29/07/2016

El Parlament de Catalunya ha decidido, por unanimidad, pedir al gobierno que establezca protocolos claros de actuación para la retirada de los menores de sus familias.

Es el reconocimiento explícito de que se actúa sin protocolos claros y la arbitrariedad está servida. Muchas entidades venimos pidiendo la reforma de nuestro sistema de protección y este puede ser un paso muy importante. Queda mucho por hacer, pero la protección de la infancia y la adolescencia empieza  a estar presente en la agenda de nuestros representantes políticos, y ese es el primer paso.

Leer aquí la noticia publicada en prensa

 

Reportaje y anuncio de la Denuncia Colectiva

26/07/2016

Reportaje publicado esta semana en la revista Interviú sobre otra grave injusticia del sistema de protección de menores, con la participación de Aprodeme.

Interviú

Ver reportaje completo aquí

Resultados del Taller de Aprodeme

20/07/2016

Ayer martes 19 de julio tuvo lugar una nueva reunión-taller de la Asociación, con la participación de una treintena de personas. Pudimos compartir experiencias y recibir asesoramiento por parte de expertos jurídicos y psicólogos de cómo proceder. También se habló de la iniciativa que está en marcha, la Denuncia Colectiva: Toda la información aquí.

Es terrible constatar varios testimonios de familias que se dirigen al EAIA a buscar ayuda y salen sin ayuda y sin sus hijos. O el descontrol que se denuncia en los centros de menores, especialmente con menores de 14 o 15 años. O el de mujeres víctimas de violencia de género, sin recursos y que son privadas -además- de sus hijos… y tantos otros testimonios que nos obligan a repensar nuestro sistema.

No se trata de “casos aislados”.  Son la constatación de un sistema que falla porque actúa sin control efectivo.

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No es un caso aislado… es un sistema que falla

15/07/2016

Es terrible escuchar en palabras de Noa, una chica de 17 años, que la Administración le ha destrozado la infancia.  No es un caso aislado, es fruto de un sistema que falla porque no tiene los mecanismos para evitar que esto suceda.  El reportaje termina con estas palabras que Noa dice a los técnicos de la administración: “Mis padres han cometido errores, tenían un proyecto, no fue bien y no supieron resolverlo cuando las cosas no iban bien, pero la  solución no era arrancarnos de la familia y llevarnos a un centro, lo perdimos todo ”

Aquí el reportaje completo