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Hay que revisar profundamente los procedimientos en que se basa la entrega en adopción de un niño

21/09/2016

Interesante artículo que plantea la necesaria revisión de un sistema de protección de menores que es perverso, publicado por Esther y Silvia Giménez-Salinas en El Periódico. Acceder aquí al original

Estos días hemos asistido atónitos a la impactante historia de un niño de 4 años que, como en el juicio de Salomón, unos padres adoptivos y una madre biológica se disputaban en un procedimiento que se ha calificado de «aberración jurídica». Sí, ya sabemos que los niños tienen derecho a una infancia feliz, a unos padres sonrientes, a una casa sin gritos, a un cuarto ordenado, a una escuela cercana, a una alimentación sana… Solo que estas condiciones las pueden ofrecer con mucha mayor facilidad unos padres que tienen recursos (no solo económicos) que un sector de la población en el que las desigualdades han hecho mella y donde el primer maltrato ha sido su propia infancia.

Por supuesto que impacta mucho la idea de un niño que lleva tres años viviendo feliz y bien atendido en una familia preadoptiva y del cual, de repente, un fallo judicial decide que ha de ir con su madre, de 19 años, a quien no conoce y a quien además privaron de todo contacto con él en la infancia. Pero también impacta escuchar a la madre cuando dice: «No me quitaron a mi hijo por llevar una mala vida, sino porque yo era una niña custodiada, que vivía en un centro de acogida».

EL DEDO EN LA LLAGA

Este caso concreto -como suele pasar- ha puesto el dedo en la llaga en un sistema de servicios sociales que con el tiempo se ha erigido como el más capacitado para decidir sobre el interés del menor. Según algunos, perversidades como la que nos ocupa se sitúan en la justicia, cuando en realidad hay que atribuirlas al modelo diseñado.

En principio, los técnicos de la Administración deciden y evalúan qué es lo mejor para los niños, pero no están sujetos a ningún control judicial. El llamado supremo interés del menor avala sus decisiones. Pero solo hace falta leer -al menos en este caso- la carta de la madre para entender que los servicios de protección decidieron que su vida mejoraría internándola en un centro y culpabilizaron a su vez a su madre por no educarla conforme a los parámetros de la sociedad en la que vivía.

Sin duda, la primera conclusión es que hay que intentar tratar a los niños en sus propias familias, aunque sea mucho más difícil. Hay que dotar a los padres del soporte y la ayuda necesarios para afrontar las crisis y ayudarles económicamente para que puedan ocuparse de sus hijos. En caso contrario, la pobreza y la marginación actúan siempre como detonantes y criminalizamos la miseria acusando a los progenitores de ser malos padres.

PROTECCIÓN DEL MENOR

La segunda cuestión se centra en que la función de los técnicos de la Administración es proponer aquellas medidas que crean más adecuadas para proteger a un menor, especialmente si este está en una situación de riesgo o desamparo. Pero esta intervención, precisamente por lo delicada y difícil que es, necesita unos límites. Sobre el papel, la respuesta parece clara: los técnicos informan sobre lo que creen mejor para los menores, pero la Administración está obligada a respetar, con las mismas garantías que en los procesos judiciales, su decisión y esta debería ser avalada por los tribunales. Esta sería una protección coordinada de la infancia.

En el caso que nos ocupa, si un tribunal ha decidido retornar a un hijo a su madre biológica, pese al dolor inmenso que puede suponer apartarlo de las personas que han creído durante años ser sus padres, probablementemuy graves debieron ser también los defectos del procedimiento.

Un juez que vela por el interés del menor, lógicamente es consciente de lo sucedido aunque no sea un especialista en infancia, pero un proceso sin garantías y sin pruebas no puede ser confirmado. Por duro que sea, el paso del tiempo no puede consolidar la vulneración de los derechos de los niños y sus padres. Ninguno de nosotros lo permitiría.

PERVERSIDAD DEL SISTEMA

No tiene sentido discutir sobre el dolor de los padres: ¿qué dolor es mayor, el de la madre biológica, que ha luchado desde el inicio por recuperar a su hijo, o el de los padres adoptivos, a los que tras serles entregado un niño con garantías de adopción se lo retiran a los tres años? Ahí está la perversidad del sistema. No se puede dar un niño en acogida con carácter preadoptivo si la madre recurre constantemente y trata de recuperar a su hijo, como no se puede tampoco pretender que mantenga una vinculación si solo se le permite visitarlo una hora al mes. Pero tampoco debe entregarse un niño a una familia ajena sin advertirla de los procedimientos de impugnación de la madre y sin que conozca con exactitud la situación jurídica.

Desconocemos las razones exactas por las cuales se ha retornado este niño a su madre, pero desgraciadamente también conocemos otros casos en los que ha sido a la inversa, que en aras del interés del menor y especialmente por el paso del tiempo se han consolidado graves vulneraciones de derechos. No hay varitas mágicas, sabemos de la complejidad del tema, pero precisamente por eso creemos que es tiempo de una revisión profunda de los procedimientos.

El menor siempre es lo más importante

15/09/2016

Estos días está saliendo en los medios el caso de una familia acogedora preadoptiva, en Valencia, que se ha visto obligada a devolver al que era su hijo a la madre biológica, con cuatro años de edad. Numerosos medios de comunicación se han puesto en contacto con Aprodeme para saber nuestra opinión. Así lo hemos hecho y también a través de las redes con muchos comentarios al respecto.

Esta situación tan difícil de resolver ahora se produce porque tenemos un sistema de protección que falla estrepitosamente. Es necesario reformarlo urgentemente para que esto no vuelva a ocurrir nunca más.

Transcribo aquí uno de los cientos de comentarios al respecto, hecho por Ceneta Pi, porque resume perfectamente lo que pensamos:

“Aquí hay 3 víctimas. El niño, en primer lugar, y los padres y toda su familia acogedores engañados por la Administración, la madre biológica y toda su familia que ha sido menospreciada y ninguneada por la Administración. El debate está abierto, porque la familia de acogida ha puesto el tema en el candelero mediático. El abogado de la familia acogedora tiene que hacer su trabajo, se llame Vila o se llame Perico de los Palotes. Hay dos posiciones encontradas y hay dos dolores. No me atrevería yo a medirlos, cual de los dos es más dolor? Ni idea! Tienen que ser los dos dolores insoportables! El de la madre biológica a quien menospreciaron y le arrebataron a SU HIJO y el de los padres acogedores a quién engañaron e hicieron creer que nadie podía cambiar la situación, que SU HIJO se quedaría con ellos para siempre. El problema es que ambas partes creen que el niño es SU HIJO. Y ambas partes creen que con ellos el niño estaría mejor. No me hubiese gustado nada estar en la piel de los jueces de la Audiencia. Y por qué llegamos al escaque que opone intereses? Por qué ese niño no tenía contacto alguno con su madre biológica? Por qué esta madre jovencísima no fue ayudada por sus tutores a tirar adelante su maternidad? Por qué en el centro donde estaba no se dieron cuenta de su gestación hasta que estaba de 7 meses? La respuesta está clara, el sistema de protección de menores no tiene alma y está plagado de prejuicios. Los técnicos de este sistema están encumbrados a los altares por los políticos de turno. El corporativismo de los técnicos es directamente proporcional al absolutismo de los políticos de turno. El menosprecio por las garantías jurídicas durante la instrucción de los expedientes de desamparo, flagrantes! No estaríamos ante este conflicto de intereses si los técnicos hubieran hecho bien su trabajo. El niño hubiera seguido en contacto con la madre, la familia acogedora sabría que el acogimiento es un servicio temporal y, finalmente, el hecho que el niño volviera con su familia biológica, no hubiese sido un drama para nadie. Al contrario!”

 

El reencuentro

29/08/2016

Lecturas (muy breves) para este verano. Cuarta entrega

Francisco Cárdenas es un luchador incansable. La primera vez que me entrevisté con él en mi despacho de Valencia, además de descubrir en él una persona culta y amable, vi reflejado en sus ojos el dolor inmenso que durante mis años de profesión tantas veces he visto incrustado en la mirada de mis clientes. Ese dolor inmenso que en mi despacho profesional se desgrana, surgiendo de la aberración de unas vidas separadas por la fuerza.

Porque en mis casi veinte años como abogado, dedicado casi exclusivamente a facilitar el rencuentro entre familiares separados, ha sido habitual encontrarme con las lágrimas de las madres y padres que buscan a sus hijos, o de los hijos que queremos saber de dónde venimos, cuáles son nuestros orígenes. En mi doble condición de abogado y adoptado que busca a sus padres biológicos, llevaba, pues, muchos años luchando contra las barreras administrativas, judiciales, sociales y culturales para conseguir algo tan sagrado, tan inviolable, como que se hiciera respetar el derecho de padres e hijos a estar juntos. Y hablo de padres sin más, sin apellidos y sin diferenciar entre biológicos o adoptivos.

Sencillamente, padres. Quizá estemos acostumbrados a pensar en las separaciones forzadas de niños y sus progenitores, cuando partimos sólo de vínculos biológicos. Pero yo, como adoptado, les puedo decir que la paternidad la da el amor. El cariño. La convivencia. Y aun siendo sagrados los vínculos sanguíneos de las personas, que habría que respetar y cuidar, es posible con una modificación legislativa que permitiese la adopción abierta; yo soy de la opinión de que padre e hijo “se hacen”. Por eso, el ejemplo de Francisco me impactó. Un padre que iba a adoptar, un padre que “ya era padre de hecho”, y que fue empujado por la actitud arbitraria y brutal de la Administración hacia el mismo dolor al que tantos otros padres biológicos también son empujados sin conmiseración.

En definitiva, el ejemplo de Francisco me demostró lo que yo ya había vivido con mis padres adoptivos: el amor paterno-filial no tiene distinciones de origen, su fuerza nace del cariño y la convivencia, de sentir como de uno mismo lo que más se quiere en este mundo: a los hijos. Aquel horror, el del tráfico de bebés en España, el de unas raíces perdidas que tanto me cuesta rehacer ahora como jurista, yo creía que era un horror pretérito, del pasado olvidado que finalmente se convertiría en una triste historia de terror, pero lejana y que acabaría perdiéndose en el olvido. Sin embargo, y sobre todo tras el escándalo que destapé en mi despacho con la presentación de la denuncia colectiva por el robo de bebés, en enero de 2011, ante la Fiscalía General del Estado, cada vez más fui requerido por otras personas atormentadas y necesitadas de mi ayuda, que me abrieron los ojos a una realidad quizá más tremenda que la terrible historia acaecida en el pasado inmediato: esta dura realidad no era otra que el “robo de bebés” seguía instaurado plenamente, pero disfrazado de una piel de cordero en forma de “legalidad administrativa”, en la actualidad.

Era terrible, pero para mi sorpresa, era cierto. Y más tremendo aún, esa administración no sólo daña a los padres biológicos con actuaciones abusivas. También rompe los corazones de padres de acogida, ilusionados por cuidar y a amar a su hijo el resto de sus vidas, con negativas a la adopción absurdas y carentes de cualquier fundamento. Muchas veces pienso, y leyendo el libro que ahora tienen entre sus manos se habrán dado cuenta, que el mecanismo y el engranaje de la administración que regula los acogimientos en España es tan frío, tan inhumano, que sólo sabe generar dolor: a los padres biológicos a veces; a los futuros padres adoptantes en otras, y, desde luego, y aunque ellos crean lo contrario, a los hijos acogidos o adoptados casi siempre.  Las palabras de Francisco, pues, que tan bien ha sabido plasmar en esta obra que cierro con orgullo, me iban desgranando, poco a poco, el dolor de un futuro padre separado de su hija por la violencia, la incomprensión y lo absurdo de una actuación administrativa desaforada y brutal.

La realidad de la lucha contra las separaciones familiares forzadas, contra las que tantas veces me enfrentaba en mi despacho, seguía viva y rompiendo los corazones de miles de padres e hijos. Este libro debe ser sin duda un ejemplo, un nexo de unión de los sentimientos de todos los que están en la misma situación que su autor. Un ejemplo también de constancia y lucha para conseguir los objetivos de volver a unir lo que una ley o una administración deshumanizadas tantas veces están desuniendo. El ejemplo de Francisco, que además es un firme pilar de los movimientos asociativos que en la actualidad luchan contra los abusos de la administración en el ámbito de menores, ha de fructificar en que la sociedad se dé cuenta de que un problema parecido al del tráfico de bebés persiste en la actualidad: la administración, amparándose en leyes oscuras, injustas, y sobre todo en su aplicación parcial, juega con las vidas de menores y padres, traficando en la práctica con los niños ahora también, con criterios arbitrarios no exentos de intereses económicos. Porque mucha gente se ha perdido ante la deslumbrante avalancha mediática, en la que yo he tenido gran culpa y participación, que ha tenido el triste asunto del robo de bebés en España durante el siglo XX.

Pero, sin duda, hemos de hacer un esfuerzo para “girar la vista”, y ver que en la actualidad, como cuenta fiel y crudamente Francisco en este su libro, el drama continúa. Duro. Opaco. Oculto. Pero rompiendo el corazón de miles de ciudadanos, los padres ahora y dentro de unos años sus hijos, que ven como sus vidas se resquebrajan la mayor parte de las veces por un abuso inconcebible de la administración. Al conocer, pues, a Francisco, y al leer su obra, me emocioné. Era la cabeza visible de todos esos padres y madres que no cejan en su empeño de luchar por recuperar lo más sagrado de su vida, lo mejor: sus hijos. Hemos de ayudarles. Yo como letrado, pero cada una de las personas que conozcan este sufrimiento o lean este libro, aportando su granito de arena para que, al menos, los padres no se sientan solos en su desgarradora y justa lucha.

Yo no hubiera perdonado a ninguna “administración” que me hubiera separado de los que quisieron y fueron mis padres adoptivos, a los que adoré en vida y adoro tras su muerte. Al igual que ahora no perdono a la administración que no quiere decirme la identidad de mis padres biológicos. Finalmente he de decir que los ojos de Francisco, además de todo lo anterior, me hicieron sentir envidia. Porque yo, abogado y adoptado que aún hoy busco con ahínco a mis padres, sentí el firme deseo de haber tenido un padre y una madre con el mismo coraje que demuestra el autor, con el mismo amor por mí que Francisco demuestra por “E.”, su hija querida. Quizá, así, yo hubiera sido más feliz.

Enrique J. Vila Torres

Abogado y escritor

Bastardo, expósito y adoptado.

La experiencia de un niño robado

19/08/2016

Lecturas (muy breves) para este verano. Tercera entrega

Cuando tenía cinco años de edad, en la escuela, algunos niños me decían: “tu madre no es tu madre”. Así que mis primeros recuerdos son de cuando yo estaba en el patio, solo y aislado de los demás niños, sintiéndome inferior a los demás. A veces también me sentía observado por algunas madres que buscaban a sus hijos a la salida del cole: ellas hacían comentarios sobre mí. Cada noche me acostaba con una pregunta sin respuesta: “¿por qué?”.

No entendía por qué mis padres no eran mis padres. Era como estar en un laberinto sin salida. Sin embargo, no me atrevía a hacerles esta pregunta. Por mi corta edad, tampoco tenía forma de averiguarlo. La única sincera en mi familia fue mi abuela materna. Ella solía contarme una historia que, sólo ahora, entiendo por qué lo hacía. Me estaba preparando para el futuro. El cuento decía lo siguiente: “Érase una vez un matrimonio que estaba con su niño pequeñito comprando. Entonces llegó un señor muy malo, muy malo, que les quitó el niño y se fue corriendo. ¡Oh! Este pobre matrimonio lloró por su niño, y siempre estuvo buscando a su niño, con muchas ganas de volverlo a ver.

Pero el señor malo conoció a otro matrimonio que no podía tener niños porque estaban malitos, aunque tenían muchas ganas de tener un hijo. Entonces el hombre malo les vendió al niño que había robado. Mientras que el otro matrimonio, a quienes les había robado el niño, acudían siempre a la playa en su búsqueda. El chico tenía un lunar en la espalda, así que miraban con atención en la espalda de todos los niños en la playa. Así pasaron muchos años, hasta que un día vieron a un niño grande con el mismo lunar en la espalda…” Entonces yo le preguntaba a mi abuela: “¡Yaya, yaya! ¿Era su hijo?”. Y el cuento terminaba así: “Sí, cariño, era su hijo. Desde ese día el niño tuvo dos papás y dos mamás”.

Una parte del cuento se hizo realidad a la edad de 38 años. Recibí una llamada de Juan Luis Moreno, un amigo de la infancia cuyos padres eran amigos de los míos, que me dijo: “¡Antonio, mi padre se está muriendo y me ha confesado que a ti y a mí nos compraron a una monja en Zaragoza!”. Al hacer las averiguaciones en el hospital Miguel Servet de la capital aragonesa, donde supuestamente había nacido, me contestaron que no tenían constancia de mi nacimiento, ni de que mi madre hubiera ingresado allí. A Juan Luis le pasó lo mismo. Con pruebas de ADN que confirmaban la inexistencia del vínculo sanguíneo con las personas que figuraban como progenitores en mi partida de nacimiento falsa, así como el testimonio de familiares que afirmaban que nunca habían visto embarazada a mi supuesta madre, acudí a los tribunales, que, uno a uno, fueron desestimando mi causa.

Así que cuando conocí a Francisco Cárdenas y su lucha por recuperar a su hija, lo primero que pensé es que posiblemente ella un día vivirá algo muy parecido a lo que experimenté hace más de 30 años. Yo, como niño robado; la hija de Cárdenas, como víctima de los fallos del  sistema de protección de menores. Sin ser nuestros casos exactamente iguales, compartimos ciertas similitudes, que deberían causar una seria reflexión sobre el tratamiento de los menores en España. La primera y más importante: la separación ocurrió sin la intervención judicial. Esto es bastante obvio en mi caso, cuando se dio en circunstancias ilegales, aún no investigadas por la justicia. En el caso de Cárdenas, ocurrió en completa ausencia de un proceso judicial, como sí ocurre en otros países cuando se trata de un hecho tan dramático como es la división de una familia. Aunque han pasado casi cuarenta años, los tribunales persisten en su indiferencia a indagar ciertos temas. La segunda similitud tiene que ver con la dimensión social de nuestras problemáticas.

En ambos casos hay cientos de personas repartidas por toda España que reclaman justicia. Y la tercera semejanza tiene que ver en cómo un drama personal terminó convirtiéndose en una causa colectiva gracias al importante trabajo de difusión de los medios de comunicación. Desde que Francisco y yo decidimos acudir a la prensa, ante la pobre actuación de los tribunales, muchas personas nos contactaron de forma espontánea. Yo creé, en febrero del 2010, la Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares (Anadir). Actualmente tenemos 2.023 asociados, entre personas adoptadas irregularmente y madres que aseguran que les robaron sus bebés al darlos a luz.

Cárdenas ha hecho lo suyo con la Asociación para la Defensa del Menor (Aprodeme). A través del fenómeno asociativo, tan íntimamente relacionado con las sociedades democráticas avanzadas,  pretendemos dar cobertura y apoyo a todos los afectados, tanto de Anadir como de Aprodeme. Nuestro objetivo compartido es denunciar ante la opinión pública los hechos y a sus responsables. Quisiera también agradecer de todo corazón el apoyo que nos están dando los medios de comunicación y el esfuerzo de todas aquellas personas implicadas en nuestra lucha por la verdad. A todos los amigos que nos ayudan desde el anonimato, y, sobre todo, a ti, Noelia, por ser lo mejor que me ha pasado, por entenderme, por quererme y porque eres muy especial.

Antonio Barroso Berrocal, Presidente de Anadir

Desentrañar las fisuras del sistema

12/08/2016

Lecturas (muy breves) para este verano. Segunda entrega

Conocí a Francisco Cárdenas en el otoño de 2010, durante la presentación del libro Molly. Historia sobre los centros de menores en Cataluña, que escribí junto al periodista Jesús Martínez. Resultó sorprendente que, al mismo tiempo y sin conocer su historia, ambos hiciéramos las mismas indagaciones para desentrañar las fisuras del sistema de protección de menores.

Él desde su propia tragedia personal; nosotros desde el oficio periodístico. Ambos motivados por la sospecha, luego confirmada, de que la Administración puede cometer errores. Nos impulsaba la necesidad de contar una historia, que era también la de muchas personas. Pero no pudimos conocernos antes de la presentación del libro, y me sentí desgraciado por esto. Cárdenas pudo haber sido una de las 30 fuentes consultadas para el desarrollo de Molly, quizás la más útil e informada, tanto, que ahora su propia historia toma cuerpo en este libro. Cuando muchas personas tratan de ocultar una infor– mación es un indicio de que se trata de un tema relevante para la sociedad.

Es lo que ha ocurrido con Molly y con el libro de Cárdenas. Lo han intentado funcionarios, políticos y hasta responsables de algunos medios de comunicación. Afortunadamente, España ya no es una dictadura, pero todavía sufre de resaca autoritaria. Cuando se niega el acceso a documentos públicos, cuando los responsables políticos dan explicaciones ambiguas, cuando se toman decisiones  irreparables en la vida de una familia sin la intervención de un juez, estamos ante vicios que un país democrático debería enmendar. Cárdenas, que no es periodista pero que lo parece, se ha enfrentado a todo esto con el único recurso del amor a su hija. Y con esto ha conseguido que la sociedad se interese por su lucha, desde su intervención en el parlamento catalán, en las concentraciones con decenas de padres como él, hasta las reuniones a puerta cerrada con altos cargos que han concluido con la indiferencia, la condena o una disculpa.

Sin embargo, Cárdenas no sólo se ha encontrado con gente que desea silenciarlo. También ha conocido mucha gente que reclama que se conozca su caso, que han hecho suya su demanda, como son las 500 personas que pertenecen a la asociación que él ayudó a crear. A estas hay que sumar todos los menores que, en ocasiones, tienen una opinión diferente a la de los funcionarios del sistema de protección de menores; los abogados que les representan porque entienden que enfrentarse a la Administración no es fácil pero a veces vale la pena; la familia extensa de estos niños que ha sido ignorada como alternativa para la tutela; los psicólogos y los trabajadores sociales que han visto de cerca las fisuras del sistema que algunos insisten en tapar con inútiles parches; el Defensor del Pueblo y el Síndic de Greuges, que han señalado en sendos informes las graves deficiencias que aún esperan ser corregidas…

Para Cárdenas publicar este libro no ha sido fácil. Primero tuvo que luchar durante tres años en los tribunales para que esta obra tenga sentido, para que el relato madure, de manera que justifique su existencia. A diferencia de otros libros publicados por personas ajenas al oficio de la escritura, esta no es una obra producto de la vanidad ni la arrogancia. Si a Francisco Cárdenas no le hubieran separado de su hija, a lo mejor nunca habría tenido la necesidad de hacerlo. Por eso hay que leerlo como lo que es: un libro necesario para comprender lo que está funcionando mal en el sistema de protección de menores.

Gustavo Franco Cruz, Periodista

Ya no son los dioses los que dan y quitan la vida

05/08/2016

Lecturas (muy breves) para este verano.

Hasta hace bastante poco tiempo, una generación aproximadamente, eran los dioses quienes daban y quitaban los hijos a sus familias. Ahora, una tarea tan delicada y de tanta responsabilidad recae sobre los frágiles hombros de los profesionales de los servicios especializados (Adopciones, Servicios Sociales, Atención al Menor, Juzgados de Familia, Fiscalía del Menor, etc.). No parece que el cambio pueda favorecer mucho a los menores ni a sus padres.

Y no se trata de criticar a los profesionales, no. Acuciados por el paro rampante y la precariedad de la formación recibida, y espoleados por políticas oportunistas instaladas en la ignorancia, se ven abocados a las actuaciones más  peregrinas que, estoy seguro, más de una noche les impedirán conciliar el sueño. Las críticas, al menos desde espacios como éste, deben evitar el cuerpo a cuerpo con el personal de a pie y apuntar más alto, dirigiéndose a los responsables de esas políticas y del control de su aplicación; a los que, so pretexto de proteger a los niños, los condenan a la más feroz de las desprotecciones, arrancándolos de sus familias; a los que anima la total ausencia de autocrítica, blindando corporativamente a sus huestes frente a cualquier cuestionamiento, interno o externo.

Ellos son los culpables ante la Historia, me atrevo a afirmar arriesgándome a pecar de ampuloso, de las múltiples infamias perpetradas contra personas frágiles a las que deberían brindar apoyo y atención. Lo que hace singular a este libro no es el maltrato institucional padecido por su autor, hecho desgraciadamente frecuentísimo, sino que se trate de una familia bienestante y socialmente adaptada, y no sumida en la pobreza y la desestructuración. Ello transmite la inquietante impresión de que nadie está a salvo del ojo escrutador del “big brother” ni de sus largos tentáculos prensiles. Trascendería con mucho los razonables límites de un prólogo enumerar siquiera las características de la intervención institucionalmente maltratante. Daría para otro libro, que, por otra parte, me permito anunciar como de pronta aparición.

Baste con hacer referencia a algunas de ellas, presentes en las vibrantes páginas de Francisco Cárdenas. Indigna el carácter súbito y repentino con el que se perpetra la retirada de la niña, pero no sorprende a quienes estamos dolorosamente familiarizados con ese modo de proceder. Lo que resultaría comprensible si se tratara de evitar la fuga de un delincuente se convierte en un agravante más del hecho en sí: en la jerga psicológica se conoce como “acting out”, o tendencia a la actuación impulsiva e irreflexiva. ¿Qué costaría advertir, si en efecto es el caso, de que se han detectado factores de riesgo que convendría corregir? Es lo que se podría esperar de un trabajo tan delicado y donde los matices tienen tanta importancia.

Y, sin embargo, prima la política de la patada en la puerta, metafóricamente hablando…, y a veces, textualmente, también. Tampoco está prevista la rectificación. Con independencia de que en otros muchos casos no se intervenga aunque haya peligro real, una vez tomada la decisión parece que no se contemple la eventualidad del cambio. Es una rara contaminación de los contextos judiciales, donde la posibilidad de rehabilitación está supeditada al cumplimiento de una sentencia que también implica castigo ejemplarizador. Con el agravante de que en los tribunales cabe la apelación y nadie se escandaliza de que se ejerza ese derecho, mientras que, en los contextos de atención al menor, reclamar judicialmente suele ser interpretado como un acto de indisciplina que irrita a las instituciones y las predispone más aún contra quien lo hace. Y ni siquiera se considera que, en muchos casos, el arduo proceso de reclamación judicial supone para las familias que lo emprenden un cambio radical en el interés por sus hijos y en el ejercicio de las funciones parentales.

Asusta especialmente el halo de prepotencia en el que se suele envolver la intervención, magníficamente ilustrado por la expresión: “si tuvieras un hijo biológico, también te lo quitaríamos”. ¿Cabe mayor arrogancia? ¿De qué legitimidad pueden sentirse investidas personas capaces de pronunciar semejante frase? Pero, de nuevo aquí, nuestra dolorosa experiencia nos impide sorprendernos. Así son las cosas, y basta. Bueno, basta, no. Como dijo el poeta, “no podrán quitarnos el dolorido sentir”. Alzar nuestras voces, unidas en un desgarrado grito de protesta, es una prerrogativa que compartimos usuarios y profesionales. Quizá ejerciéndola, en un acto de responsabilidad que hoy se encarna en este libro, podamos contribuir a lograr un futuro menos abusivo.

Juan Luis Linares Profesor titular de Psiquiatría, Universitat Autònoma de Barcelona Director de la Unitat de Psicoteràpia y de la Escola de Teràpia Familiar del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau.

La protección de la infancia y la adolescencia empieza a estar presente en el debate político

29/07/2016

El Parlament de Catalunya ha decidido, por unanimidad, pedir al gobierno que establezca protocolos claros de actuación para la retirada de los menores de sus familias.

Es el reconocimiento explícito de que se actúa sin protocolos claros y la arbitrariedad está servida. Muchas entidades venimos pidiendo la reforma de nuestro sistema de protección y este puede ser un paso muy importante. Queda mucho por hacer, pero la protección de la infancia y la adolescencia empieza  a estar presente en la agenda de nuestros representantes políticos, y ese es el primer paso.

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